Una clara señal de la gravedad de la crisis es que no solo hay más comedores infantiles, sino que los que hay ya casi no dan abasto, porque cada vez hay más gente buscando esos espacios para resolver un problema que asusta: conseguir aunque sea un plato de comida, sino para cada uno de los miembros de la familia, al menos para los niños.
No hay nada bueno en los comedores, porque no deberían existir, y esto es porque no hay nada de positivo ni de justicia en que millones de personas no puedan siquiera garantizar su alimentación. Solo hay que tener un cerebro retorcido, siniestro, para encontrarle algo positivo a que esto siga sucediendo.
Siniestro como el pensamiento de la diputada por Cambiemo, Carolina Píparo, que tuvo la horrenda idea de celebrar y justificar la existencia de los comedores y compararlo con un restaurante.
Este es el comentario de la legisladora: “Más allá de la terrible problemática de quienes hace mucho tiempo necesitan recurrir a comedores, esto es una experiencia hermosa para todas las personas que concurren, es salir a comer a un restaurante y que la gente que te sirve, sean personas que se preocupan por hacer de cada noche un evento social, donde que está solo come acompañado donde los nenes se sientan en un escenario a jugar y los perros de la familia son recibidos afuera, con potes de alimentos lo viven como un día de reunión y celebración”.
Y no, no es una experiencia hermosa, no es un restaurante y aunque parezca increíble hay que explicarlo. Uno va a un restaurante porque quiere, porque puede, con quien quiere y come lo que se le da la gana. A los comedores van los que no tienen opciones, comen lo que hay y punto, no es un evento social de alegría, no hay nada bueno en su existencia. Solo el justificativo de que están y sirven como paliativo para resolver un gran problema que no debiera ni existir, porque su sola existencia es deprimente, horrible.Es loable y destacable la tarea de quienes hacen posible el funcionamiento de los comedores, pero no es para festejar, ni para justificar. La tarea desinteresada y voluntaria de quienes se encargan de procurar la comida para miles de personas es digna de admiración, pero no es para celebrar que existan, porque no hay derecho a que miles de familias no tenga la posibilidad de garantizar su comida.
Los Piparos pueden elegir ir a comer donde quieran y lo que quieran y celebrar, pero hay miles de otros, invisibles para los píparos, que no, que van porque no hay más salida, no hay opciones, no van felices.
Acudir a un comedor en la búsqueda de un plato de comida es quizás una de las decisiones más feas que deba asumir una persona, porque frustra.
No hay nada de positivo en no poder compartir una comida en el seno de la familia, charlando, hablando de lo que les pasa a los chicos en el colegio, a los padres en el trabajo, de las cosas de la casa, de los sueños, anhelos y esperanzas. No, no es hermosa la experiencia, es la que queda, es la única opción, porque no hay oportunidades de empleo, porque vamos camino a la precarización del empleo, porque les están quitando derechos, y el derecho a poder comer es uno, es un bien preciado, es un anhelo, y no hay nada de hermoso ni de justo en tener que hacerlo en masa, no por opción sino casi por obligación, algunos para no morir.
En los comedores no sobra nada, siempre falta, por más ayuda estatal o de privados, siempre algo hay de escaso, más en un país donde ya no sabemos los precios de mañana de la comida, donde para que todos coman hay que restringir algo, donde es comida y ya, no es opción de un balance saludable, nutritivo, a veces no es ni rico, porque la comida se la hace con lo que hay y ya.
No Píparo, no es una experiencia hermosa, no es un restaurante, no es compartir con alguien con que se quiere compartir, es tocar fondo y que no te quede otra. Es miserable justificarlos, y más hacerlo de esa forma, es no tener un poco de humildad para entender, para ver desde la perspectiva del otro.
El festejito de Píparo es una visión de niña rica que no quiere que el otro salga de la pobreza, lo quiere siendo pobre siempre porque así puede donar sus sobrar y tranquilizar su consciencia, los quiere más pobres para que mucha gente necesite trabajo y así sus amigos empresarios millonarios puedan pagar menos porque la ecuación para ellos es sencilla, si hay más buscadores de empleo que puestos disponibles pagan menos y siempre, siempre, ganan más, porque ellos se hacen ricos con los pobres, y se emocionan de verlos con ropas usadas, juguetes usados y comida de comedores, porque después donan un poco de plata, de ropa, de juguetes y de comida y se ven a ellos mismos buenos, nobles y humanitarios.
Un ejemplo de esto fue la cena a beneficio de la fundación de la ultra macrista Margarita Barrientos explicado en este tuit
Y otro es un fragmento de esta entrevista de Novaresio a Dady Brieva, y en esta si lo banco a Dady, aunque duela:
Todo lo que está mal es el pensamiento de la diputada macrista, todo, aunque tampoco es mala idea hacer que ella pase por la hermosa experiencia de comer en comedores, vestir ropa donada y no tener la oportunidad de quejarse demasiado sin que haya una banda de policías dispuestos a explicarle con rudeza que ellos están atravesando por una hermosa experiencia
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No hay nada bueno en los comedores, porque no deberían existir, y esto es porque no hay nada de positivo ni de justicia en que millones de personas no puedan siquiera garantizar su alimentación. Solo hay que tener un cerebro retorcido, siniestro, para encontrarle algo positivo a que esto siga sucediendo.
Siniestro como el pensamiento de la diputada por Cambiemo, Carolina Píparo, que tuvo la horrenda idea de celebrar y justificar la existencia de los comedores y compararlo con un restaurante.
Este es el comentario de la legisladora: “Más allá de la terrible problemática de quienes hace mucho tiempo necesitan recurrir a comedores, esto es una experiencia hermosa para todas las personas que concurren, es salir a comer a un restaurante y que la gente que te sirve, sean personas que se preocupan por hacer de cada noche un evento social, donde que está solo come acompañado donde los nenes se sientan en un escenario a jugar y los perros de la familia son recibidos afuera, con potes de alimentos lo viven como un día de reunión y celebración”.
Y no, no es una experiencia hermosa, no es un restaurante y aunque parezca increíble hay que explicarlo. Uno va a un restaurante porque quiere, porque puede, con quien quiere y come lo que se le da la gana. A los comedores van los que no tienen opciones, comen lo que hay y punto, no es un evento social de alegría, no hay nada bueno en su existencia. Solo el justificativo de que están y sirven como paliativo para resolver un gran problema que no debiera ni existir, porque su sola existencia es deprimente, horrible.Es loable y destacable la tarea de quienes hacen posible el funcionamiento de los comedores, pero no es para festejar, ni para justificar. La tarea desinteresada y voluntaria de quienes se encargan de procurar la comida para miles de personas es digna de admiración, pero no es para celebrar que existan, porque no hay derecho a que miles de familias no tenga la posibilidad de garantizar su comida.
Los Piparos pueden elegir ir a comer donde quieran y lo que quieran y celebrar, pero hay miles de otros, invisibles para los píparos, que no, que van porque no hay más salida, no hay opciones, no van felices.
Acudir a un comedor en la búsqueda de un plato de comida es quizás una de las decisiones más feas que deba asumir una persona, porque frustra.
No hay nada de positivo en no poder compartir una comida en el seno de la familia, charlando, hablando de lo que les pasa a los chicos en el colegio, a los padres en el trabajo, de las cosas de la casa, de los sueños, anhelos y esperanzas. No, no es hermosa la experiencia, es la que queda, es la única opción, porque no hay oportunidades de empleo, porque vamos camino a la precarización del empleo, porque les están quitando derechos, y el derecho a poder comer es uno, es un bien preciado, es un anhelo, y no hay nada de hermoso ni de justo en tener que hacerlo en masa, no por opción sino casi por obligación, algunos para no morir.
En los comedores no sobra nada, siempre falta, por más ayuda estatal o de privados, siempre algo hay de escaso, más en un país donde ya no sabemos los precios de mañana de la comida, donde para que todos coman hay que restringir algo, donde es comida y ya, no es opción de un balance saludable, nutritivo, a veces no es ni rico, porque la comida se la hace con lo que hay y ya.
No Píparo, no es una experiencia hermosa, no es un restaurante, no es compartir con alguien con que se quiere compartir, es tocar fondo y que no te quede otra. Es miserable justificarlos, y más hacerlo de esa forma, es no tener un poco de humildad para entender, para ver desde la perspectiva del otro.
El festejito de Píparo es una visión de niña rica que no quiere que el otro salga de la pobreza, lo quiere siendo pobre siempre porque así puede donar sus sobrar y tranquilizar su consciencia, los quiere más pobres para que mucha gente necesite trabajo y así sus amigos empresarios millonarios puedan pagar menos porque la ecuación para ellos es sencilla, si hay más buscadores de empleo que puestos disponibles pagan menos y siempre, siempre, ganan más, porque ellos se hacen ricos con los pobres, y se emocionan de verlos con ropas usadas, juguetes usados y comida de comedores, porque después donan un poco de plata, de ropa, de juguetes y de comida y se ven a ellos mismos buenos, nobles y humanitarios.
Un ejemplo de esto fue la cena a beneficio de la fundación de la ultra macrista Margarita Barrientos explicado en este tuit
Cena a beneficio de Fundación Margarita Barrientos... explicada por Susanita a Mafalda. pic.twitter.com/c9bXftMIld— Mariano Alvarez (@goel2k) 27 de septiembre de 2018
Y otro es un fragmento de esta entrevista de Novaresio a Dady Brieva, y en esta si lo banco a Dady, aunque duela:
Todo lo que está mal es el pensamiento de la diputada macrista, todo, aunque tampoco es mala idea hacer que ella pase por la hermosa experiencia de comer en comedores, vestir ropa donada y no tener la oportunidad de quejarse demasiado sin que haya una banda de policías dispuestos a explicarle con rudeza que ellos están atravesando por una hermosa experiencia



